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El pueblo donde los vivos se meten en ataúdes para agradecer que no se han muerto

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SANTA MARTA DE RIBARTEME, España — En el interior de una pequeña iglesia en esta aldea gallega, Pilar Domínguez Muñoz se acomodó el vestido, se puso lentes oscuros y se metió a su ataúd.

Su hija, Uxía, observaba nerviosa mientras los portadores del féretro cargaron a su madre sobre sus hombros. Domínguez Muñoz parecía descansar en paz mientras recorría las calles acompañada por una banda de músicos.
Después de todo estaba viva, al igual que su hija. Esa era la razón de la procesión.

Por macabro que parezca, el festival es una celebración para quienes escaparon de las garras de la muerte el año anterior. Se celebra el día de la santa patrona más importante de la parroquia local, Santa Marta, cuyo hermano, Lázaro, volvió a la vida cuando Jesús visitó su hogar según el relato bíblico.

Algunos devotos representan su propia muerte después de sobrevivir a un accidente o una enfermedad grave, mientras que otros lo hacen para agradecerle a la santa haber salvado a un familiar.

Domínguez Muñoz participó por segundo año consecutivo para mostrar su agradecimiento porque la salud de su hija ha mejorado. Uxía sufre osteogénesis imperfecta o trastorno de huesos de cristal.

Aunque el festival de esta aldea es inusual, la curación —tanto física como espiritual— está en el núcleo de algunos de los principales peregrinajes católicos del mundo, como el de Lourdes en Francia y Fátima en Portugal.

La peregrinación ha atraído a multitudes más grandes en años recientes, a tal punto que las autoridades locales dijeron que harían cabildeo para añadir el evento a la larga lista de festividades oficiales en España que reciben subsidios públicos por constituir actividades turísticas.

Este año, la iglesia de la aldea cobró por primera vez por rentar ataúdes: 100 euros por cada uno; el reverendo Alfonso Besada lo justificó como una manera de filtrar a los excéntricos que buscan participar “solo por el folclor” en vez de hacerlo por su fe religiosa.

Para obtener la salvación, “hacer esto nada más no es suficiente, desde luego: también debes asistir a misa y confesarte”, dijo.

Justo detrás de los ataúdes, un pequeño coro de fieles cantó una y otra vez un himno de alabanza a Santa Marta.

Algunos se sintieron incómodos viendo cadáveres vivientes.

Bernardo Alonso, un diseñador gráfico, dijo que le impresionaba la procesión, pero que le daría mucho miedo meterse en un ataúd.

Acostados en sus ataúdes, algunos devotos utilizaron una sombrilla para proteger sus rostros del sol sofocante mientras que otros se abanicaban con la mano o con un pequeño ventilador eléctrico.

Uno de los muertos vivientes usó un sombrero Panamá blanco. Domínguez Muñoz dejó que un brazo colgara por afuera del ataúd para tomar la mano de uno de sus portadores.

Después de que los ataúdes regresaran a la iglesia sus ocupantes salieron, estiraron sus piernas y se limpiaron el sudor y las lágrimas. Marcos Rodríguez, de 38 años, dijo que sintió un “alivio enorme” mientras abrazaba a Nicolás, su hijo de seis años, quien se veía feliz y confundido porque su padre estaba llorando.

El pasado 29 de julio, Nicolás fue sometido con éxito a una cirugía cerebral. “Le prometí a Santa Marta que le agradecería si salvaba a mi hijo”, dijo Rodríguez.

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